¿RECUERDAN EL SEGUNDO SEXO?
La equidad entre la mujer y el hombre pasa por muchas transformaciones, pero las resistencias a ello están firmemente enraizadas en la conciencia del hombre a través de mitos que aún no pierden toda su vitalidad. Sobre ello reflexionó ampliamente la extraordinaria luchadora social y feminista francesa Simone de Beauvoir, en el primero tomo de su libro El Segundo Sexo (Ed. Siglo veinte, 1982). Aquí algunos fragmentos:
Una de las fantasías en las que más se complace el hombre, es en la de la impregnación de las cosas por su voluntad, del modelado de su forma y de la penetración de su substancia: la mujer es, por excelencia, la pasta blanda que se deja modelar pasivamente; al ceder, resise, lo que permite que la acción masculina se perpetúe. Una materia demasiado plástica se abole por su docilidad; lo más valioso de la mujer es que algo de ella escapa indefinidamente a todo abrazo; así, el hombre es dueño de una realidad que es tanto más digna de ser dominada cuanto que le desborda. Ella despierta en él a un ser ignorado, al que reconoce con orgullo como él-mismo; en las sabias orgías conyugales, descubre el esplendor de su animalidad: él es el Macho, y correlativamente, la mujer es la hembra...que incuba, amamanta y lame a sus pequeños, y les defiende y salva con peligro de su vida, es un ejemplo para la humanidad; emocionado, el hombre reclama de su compañera esa misma paciencia y devoción, pues aún cree que encierra en su hogar a la Naturaleza, pero ahora, penetrada de todas las virtudes útiles a la sociedad, a la familia y al jefe de familia.
No solo las ciudades y las naciones, sino también las entidades e instituciones abstractas, revisten rasgos femeninos: la Iglesia, la Sinagoga, la República y la Humanidad son mujeres, y también la Paz, la Guerra, la Libertad, la Revolución y la Victoria. El hombre feminiza el ideal que plantea enfrente de sí como el Otro esencial, porque la mujer es la figura sensible de la alteridad. En todas las doctrinas que asimilan la Naturaleza al Espíritu se presenta como la Armonía, la Razón, la Verdad. Las sectas gnósticas habían hecho de la Sabiduría una mujer, Sofía, y le atribuían la redención del mundo, y aún su creación. Entonces la mujer ya no es carne, sino cuerpo glorioso; ya no se pretende poseerla, sino que es venerada en su esplendor intocado.
Así como entre los primitivos el sexo macho es laico, en tanto el de la mujer está cargado de virtudes religiosas y mágicas, la falla del hombre en las sociedades más modernas es solo una calaverada sin gravedad, que se considera a menudo con indulgencia, y aunque desobedezca las leyes de la comunidad, el hombre no deja de pertenecerle: se le considera un niño terrible que no amenaza profundamente el orden colectivo. Si, por el contrario, es la mujer quien se evade de la sociedad, vuelve a la Naturaleza y al demonio y desencadena en el seno de la colectividad toda clase de fuerzas incontrolables y malas.
Tesoro, presa, juego y riesgo, musa, guía, juez, mediadora o espejo, la mujer es el Otro que se deja anexar sin dejar de ser el Otro. Y por todo eso, la mujer es tan necesaria que, si no existiese, los hombres la habrían inventado. Nietzsche, en El crepúsculo de los Dioses, dice que el hombre ha creado a la mujer con una costilla de su dios, de su ideal...La mujer es necesaria en la medida en que sigue siendo una idea, en la cual el hombre proyecta su propia trascendencia, pero es nefasta como realidad objetiva, existente para sí y limitada a sí.
El mito de la mujer sustituye una relación auténtica con un existente autónomo por la inmóvil contemplación de un espejismo...El hombre no tendría nada que perder, muy al contrario, si renunciase a disfrazar a la mujer como símbolo. (Contribución de Olivia Ortiz).
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