ASPIRAMOS A PLURALIZAR Y HUMANIZAR EL PODER
Con frecuencia, a veces en ciclos muy intensos, el fundamentalismo o la evocación de pretendidas verdades absolutas, resurge como una sombra que amenaza las libertades. Pero ese fundamentalismo se presenta a veces muy sutil, en la cotidianeidad, casi indetectable, frecuentemente al servicio de poderes que pretenden ser, también, absolutos. Sobre ello habla la filósofa hungara Ágnes Héller, reconocida como la más significativa representante de la escuela de Budapest en el libro Crítica de la Ilustración (Ediciones Península, 1984). Aquí algunas de sus ideas:
El fundamentalismo vuelve a florecer. Incluso sus formas tradicionales, que la Ilustración creía haber barrido para siempre del mundo, cuentan actualmente con multitud de seguidores...La ofensiva de los fundamentalismos afecta a todas las relaciones humanas. Los fundamentalistas quieren determinar, regular, y controlar todas nuestras manifestaciones vitales: de la alcoba a la corte de justicia, de la educación a las opciones entre diferentes alternativas sociales y políticas. De idéntica manera proceden también otros fundamentalismos no tradicionales que derivan sus verdades eternas, sean de índole nacionalista o ideológica, no del Dios que está en los cielos, sino de los ídolos de este mundo.
No sabemos, ciertamente, qué es la verdad, pero podemos no obstante estar en la verdad. Podemos realizar esto de diversas maneras: podemos estar en la verdad a partir de nuestras diversas convicciones y personalidades. Pero hay un procedimiento que es posible para todos nosotros: se está en la verdad cuando se utilizan los propios principios racionalmente, cuando se argumenta de este modo a favor suyo y cuando se escuchan con ánimo abierto los argumentos de los demás.
No hay propiamente discurso racional sin religio (la vinculación con los semejantes), sin la apertura de ánimo hacia todas las necesidades humanas, hacia los sentimientos y particularmente hacia los sufrimientos humanos. Por eso la moralidad es, ante todo, acción.
El poder no tiene lógica. Sólo hay una lógica: la de las relaciones humanas. Por eso los hombres y mujeres, en la medida en que son capaces de fomentar y preservar lo bueno de sus relaciones humanas, pueden vaciar el poder. El poder existe sólo en cuanto es capaz, por su existencia, de mutilar las relaciones humanas. Y es capaz de hacerlo cuando de alguna manera es internalizado. El vaciado del poder es precisamente el proceso a través del cual los individuos se liberan de esa internalización.
¿Quién no es capaz de oponerse al dominio? Pero el dominio no es nada; la seducción es el auténtico dominio. ¿Sigue siendo libre una persona que obedece voluntariamente los cantos de sirena del tirano? ¿En qué consistió el poder de Hitler y Stalin? ¿Qué habría sido su dominio en ausencia de seducción? Nada, absolutamente nada.
El poder es vaciado en la medida en que se pluraliza. No hay poder, sino poderes, de la misma manera que no existe ya la verdad, sino verdades. Para estar en la verdad el poder debe hacerse placentero a los hombres y ser querido por ellos, así como ser capaz de entablar una relación de diálogo con todas las otras verdades y poderes...La pluralización y la humanización de los poderes es lo máximo de que es capaz el género humano.
Posiblemente la humanización del poder tiene sus máximas probabilidades cuando está en marcha el proceso de pluralización de los poderes y las verdades, cuando es posible entablar con ellas un discurso racional. Sabemos que para permanecer fieles a nuestros deberes, debemos liberarnos de todo género de fundamentalismo.
Frente por el Fortalecimiento de la Cultura Laica