El objetivo de la educción: Impedir otro Auschwitz
Auschwitz (1940-1944), el complejo de campos de concentración nazis, cerca de Caracovia, Polonia, constituye el ejemplo más siniestro de las atrocidades del siglo XX. Ahí se llevó a cabo un genocidio planificado cuyas víctimas calcinadas fueron más de un millón de judíos, gitanos, polacos, rusos y otros. Ese es el marco de reflexión del filósofo alemán, Theodor Adorno, en el capítulo La educación después de Auschwitz de su libro Consignas (Ed. Amorrortu, Madrid, 2003). Estas son algunas de sus ideas:
La educación en general carecería absolutamente de sentido si no fuese educación para una autorreflexión crítica. Cuando hablo de la educación después de Auschwitz, incluyo dos esferas. En primer lugar, educación en la primera infancia; luego, ilustración general que establezca un clima espiritual, cultural y social que no admita la repetición de Auschwitz.
Un esquema confirmado por la historia de todas las persecuciones es que la ira se dirige contra los débiles, ante todo contra aquellos a quienes se percibe como socialmente débiles y al mismo tiempo, con razón o sin ella, como felices.
La disposición a ponerse de parte del poder y a inclinarse exteriormente, como norma, ante el más fuerte, constituye la idiosincrasia típica de los torturadores…Los hombres que de mejor o peor grado las aceptan quedan reducidos a un estado de permanente necesidad de órdenes. La única fuerza verdadera contra el principio de Auschwitz sería la autonomía (y como señala Kant) la fuerza de la reflexión, de la autodeterminación, del no entrar en el juego del otro.
El ideal pedagógico del rigor es totalmente falso. La persona dura consigo misma se arroga el derecho de ser dura con los demás, y se venga en ellos/as del dolor cuyas emociones no puede manifestar, que debe reprimir. Cuando la angustia no sea reprimida entonces desaparecerá probablemente gran parte del efecto destructor de la angustia inconciente y desviada.
El carácter manipulador se distingue por su manía organizadora, su absoluta incapacidad de tener experiencias humanas inmediatas, cierta ausencia de emoción, un realismo exagerado…Si tuviese que reducuir a una formula ese tipo de carácter manipulador, lo calificaría como una conciencia cosificada. En primer lugar, tales seres humanos se han identificado a sí mismos, en cierta medida, con las cosas. Luego, cuando les es posible, identifican también a los demás con las cosas.
Cada época produce aquellos caracteres que necesita socialmente. Un mundo como el de hoy, en el que la técnica ocupa un lugar clave, produce seres humanos tecnológicos, acordes con ella…en la relación actual con la técnica hay algo excesivo, irracional, patógeno. Los seres humanos tienden a tomar la técnica por la cosa misma, a considerarla un fin autónomo y, por eso, a olvidar que ella es la prolongación del brazo humano. Los medios –y la técnica es un conjunto de medios para la autoconservación humana- son fetichizados porque los fines –una vida humana digna- han sido velados y expulsados de la conciencia de los seres humanos.
La educación política debe proponerse como objetivo impedir que Auschwitz se repita. Ello sólo será posible si trata este problema, el más importante de todos, abiertamente, sin miedo de chocar con poderes establecidos…Deberá tratarse críticamente –digamos a manera de ejemplo- un concepto tan respetable como el de “razón de Estado”: cuando se coloca el derecho del Estado por sobre el de sus “súbditos”, se pone ya potencialmente el terror.
Benjamín percibía que los seres humanos que ejecutan, a diferencia de los asesinos de escritorio y de los ideólogos, actúan en contradicción con sus propios intereses inmediatos; son asesinos de sí mismos en el momento mismo en que asesinan a los otros.
Frente por la Cultura Laica