La utopía y la religión abastecen de imbecilidades tonificantes
Un filósofo, Régis Debray, discute con un científico (Jean Bricmont) sobre aspectos que tienen que ver con la razón y la ilusión, sobre la ciencia y las creencias. Un debate de inicio de siglo que hace bien a las sociedades modernas que observan lo religioso de muy distintas maneras. Aquí presentamos algunos de los argumentos de Debray (en el próximo Corto de Laica lo haremos con los de Bricmont), publicados en A la sombra de la Ilustración. (Ediciones Paidós Ibérica S:A., Barcelona, España, 2003):
El hecho de que se modifiquen las creencias no significa que se esfume la necesidad de creer. Antes bien, esa modificación hace resaltar esa necesidad…La medicina, y en espacial la sicopatología, tiene cosas que decir sobre la creencia. El concepto ilusión se me antoja muy operativo en este sentido. Una ilusión no es ni un error ni una verdad. Es, en efecto, inmune a la refutación intelectual.
Religión es una palabra demasiado cómoda a la que sin duda habremos de renunciar algún día. Falta tomar nota de que aglutina funciones aparentemente excluyentes: el amor y el odio, la hostilidad y la fraternidad, lo más íntimo del alma y también los detalles de la indumentaria. Lo importante es comprender por qué esta incongruencia retorna hoy, en lugar de producirse el
radiante declive que habían anunciado nuestros grandes antepasados (durante la Ilustración).
Cuanto más integrado se halla un colectivo, más “creyente” es. Y a la inversa, cuanto más se disuelve el colectivo, cuanto más pierde sus fronteras mentales o materiales, menos “trascendencia” flota en el aire.
La ciencia puede y debe renunciar a los fundamentos y a las fronteras, pero ¿puede hacer lo mismo una sociedad? Me refiero a prescindir de un primer principio, de un centro simbólico, de un origen de coordenada o de un punto de fuga, siempre imaginario, que se conmemore, pongamos por caso, en una fiesta nacional…la sacaralidad sobrevive a las sociedades sin Dios y secularizadas desde hace mucho tiempo. La cuestión estriba en saber si basta con liquidar a Dios para acabar con lo religioso…tampoco he encontrado todavía un país en el mundo, aunque fuese una isla en el sur del Pacífico, donde no exista una referencia a un valor trascendente: padre de la nación, héroe fundador, lema en mayúsculas o constitución sacrosanta. No otorgo al término “trascendente” un sentido sobrenatural, sino que entiendo por tal un simple valor de posición, exterior y superior al plano de inmanencia en el que vive la gente.
La idea de una sociedad enteramente libre, sin jerarquía y sin coerción se me antoja, desde la perspectiva científica de lo posible, una broma…Tanto la utopía como la religión están ahí para abastecer a los seres humanos de imbecilidades tonificantes o de mensajes de esperanza, no las filosofías, que aspiran justamente a comprender lo que es, y a no hacer que resplandezca un enésimo engañabobos.
…existe algo no dominable que determina de manera soterrada, de forma ahistórica, repetitiva y tristona, nuestros modos de organización colectiva; que es imposible no creer, no bastando el saber para componer una totalidad social estable; y que existe por tanto, en un sentido muy amplio, incompletitud. Y es que apenas ejercemos control alguno sobre esos gestos fundamentales, esos estereotipos prácticos, inherentes a la edificación de las comunidades, toda vez que éstas han de ser estables duraderas.
Frente por la Cultura Laica