Me refiero al artículo “Juan Pablo II : (sic) 25 años como papa y la caída del comunismo en Polonia (y en toda Europa), de Carlos Molina E. Murguía.

 

Ya en diversas ocasiones y en distintos medios he manifestado que la intervención abierta del papa (no hay razón gramatical para escribirlo con mayúscula, pues se trata de un cargo como decir: ministro, gobernador, etc.) en numerosos países ha tenido los más nefastos resultados para la población mundial. La aversión del jefe de la iglesia católica hacia todo que pareciera socialismo o comunismo se manifiesta no sólo en sus numerosísimos discursos, sino fundamentalmente en sus acciones, mismas que al coincidir con las intenciones del gobierno estadunidense, forjaron un ariete imparable para sociedades que pretendían incursionar por sendas no supeditadas por completo al capital.

 

Tal vez el papa “olvida” que de no haber vivido en un estado socialista, jamás hubiese tenido el éxito personal que tuvo, pues fue ese estado el que le permitió estudiar y elevarse jerárquicamente sin la sangrienta competencia que hay en países abiertamente precapitalistas. Tal “olvido” muestra palpablemente la verdadera ética del llamado santo padre.

 

Aunque en otra clase de olvido intencional por parte de los medios, quienes aspiramos por un mundo verdaderamente libre no debemos olvidar que a partir de la visita de Juan Pablo II a Nicaragua, y tras su filípica a los sacerdotes que militaban en las filas sandinistas, se dio carta blanca al gobierno de Estados Unidos para introducir ingentes cantidades de droga a este país, inundando con ella ciudades como Los Angeles, Chicago, Atlanta, Nueva York y de hecho toda la Unión Americana (una especie de guerra del opio moderna), y con esos fondos armar hasta los dientes a la contra en Nicaragua, cuyo costo en muertos, heridos y baja de producción deterioró gravemente la economía de este país que apenas comenzaba a sanear los saqueos somocistas y oligárquicos en general. Así acabó un sueño latinoamericano más, con una intervención cínica en a suntos internos de un país reducido a la pobreza, que quiso ser libre.

 

En México, no es ningún secreto, también se olvida que las numerosas visitas papales fueron quebrantando una estructura erigida desde el siglo XIX por el conjunto político más honesto y patriota que ha existido en la nuestra historia. Luego de toneladas de propaganda, de videos, grabaciones, musicalizaciones, actos indebidamente tolerados de manifestaciones fanáticas, Carlos Salinas llevó a cabo el proyecto de los jerarcas eclesiásticos de modificar el artículo 130 constitucional para “ponernos a la par con los países democráticos”, violando severamente las Leyes de Reforma que habían permitido terminar con riñas e incomprensiones seculares a partir de la lucha por nuestra independencia. Mas la iglesia católica nunca se da por satisfecha. A partir de ese reconocimiento (no consultado a la población), su hostilidad contra las mujeres, los homosexuales, la sexualidad y el ateísmo se hizo más inhumana y persistente. Su ingerencia en todos los espacios sociales se desató, y en la actualidad no es fácil hallar un sitio libre de influencia religiosa.

En Polonia nadie podrá negar la intromisión papal en asuntos que no eran de su competencia. La sentencia de Jesús, Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, poco le importó a su seudo representante en la Tierra. Pero tampoco aquí actuó solo. Existen numerosos trabajos que documentan la intervención de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos no sólo en Polonia, sino también en la Unión Soviética.

También resulta ingenuo pensar que el apoyo brindado por Occidente a la Perestroika haya contemplado un “sincero” programa para democratizar un socialismo con el cual tuvo enfrentamientos que bien pudieron ocasionar una Tercera Guerra Mundial. De no conocer a priori las consecuencias de la aplicación de la Perestroika (que no requirió del largo tiempo que se había pensado), jamás hubiesen alabado a Mijail Gorbachov y mucho menos apoyado su plan socavador.

Para quien aún tiene dudas, obsérvese el comportamiento de este político ruso y lean sus últimas conferencias. En ningún caso se refiere a una vuelta hacia el sistema en que él contribuyó a destruir, tal vez sin darse cuenta de ello, pues como también puede confirmarse por sus actos, carece de la inteligencia y del profundo conocimiento que debería tener quien gobernase a la que fue el más grande conglomerado humano que ha existido fuera del control del capital.

Tal apoyo al plan elaborado supuestamente por Gorbachov (creo que la CIA intervino también en esta obra), fue fortalecido con los también documentados movimientos bursátiles que desquiciaron la economía soviética en el momento preciso, acrecentaron el oro depositado en los bancos suizos y fabricaron a los primeros “empresarios” rusos, ucranianos, armenios, georgianos y de otros pueblos ex soviéticos que, al igual que el ruso, también contribuyeron, como dice el autor del artículo comentado, al “empobrecimiento de la mayoría de la población” (aparte de lo aquí asentado, contradice lo que líneas atrás menciona al señalar que había “una pobreza muy generalizada entre la población...”).

 

Por ello no queda claro el por qué “resulta inadecuado atribuir la caída del socialismo real al último dirigente del PCUS y a la perestroika (sic), o señalarlos como inspirados por el imperialismo”. Se trata de una aseveración insostenible por subjetiva, y sumamente ingenua después de las innumerables experiencias de engaños, traiciones, atracos, invasiones y agresiones por parte de los distintos gobiernos estadunidenses a los demás pueblos de la Tierra.

 

Una de las razones por las cuales la globalización no había podido despegar (una especie de Perestroika del capital, pero ésta sí bien estructurada y sin transparencia alguna), era precisamente la existencia de la URSS. Pero era imposible acabarla por la fuerza, pues ambos contendientes sucumbirían en una guerra nuclear arrastrando a las demás naciones. Poco a poco irán apareciendo datos que confirmarán un proyecto no letal para minar a la URSS. Y un aliado indispensable para lograrlo era la iglesia católica, controlada por un manifiesto activista contrarrevolucionario. Se dice que incluso Karol Wotjila fue impuesto como papa porque se conocía el odio entrañable que profesaba hacia ese estado que nutrió su juventud y sus ambiciones profesionales. Esto último no es fácil averiguarlo, pues poco se ha sabido sobre sus dos inmediatos anteces ores y su misteriosa desaparición.

 

Otro hecho inobjetable es que estas nefastas victorias papales han dañado terriblemente el futuro de la humanidad. Basta con contemplar el grado de conocimientos generales de las juventudes actuales, su servil aceptación de ideas que en los años sesentas ya resultaban ridículas (fanatismos religiosos, sectas, misticismos, creencia en el más allá y en los fantasmas que pueblan la imaginaria popular); es decir, el resurgimiento de las religiones, y como contraparte, la denigración de los personajes que intentaron crear un mundo nuevo (Marx, Engels, Rosa Luxemburgo, Mao), y sus obras, así como las luchas de liberación de pueblos heroicos como el vietnamita y el cubano.

 

Lo que no supo Juan Pablo II, y tal vez jamás llegue a saber, es que detrás de ese eje Washington-Vaticano, que en apariencia fue ganado por estas dos fuerzas, se esconde un as del gobierno más intrigante del mundo: la superación de las iglesias fundamentalistas yankis y el debilitamiento paulatino de la iglesia católica (recuérdese el escándalo de los obispos violadores), pues como en toda lucha moderna, no triunfa quien tiene la razón, quien tiene la convicción; triunfa quien tiene el poder del dinero, y desde mediados del siglo pasado, quien tiene más dinero (y cada vez más) es el gobierno de Estados Unidos.

 

Saludos afectuosos. Max Mendizábal.