EL PENSAMIENTO DEMOCRÁTICO DEFIENDE LA LIBERTAD CONTRA TODOS LOS PODERES
El siglo XXI promete destacar por su diversidad. Migraciones, preferencias de vida o renacimiento de culturas pretendidamente desaparecidas, van acentuando las diferencias sobre las que debe sustentarse la democracia. Alain Touraine, sociólogo francés, cuestiona el papel que han jugado algunos principios universales y destaca la tarea del Sujeto individual y colectivo para constituirse en actor de su destino. En su libro Igualdad y Diversidad (Ed. FCE, 1998) polemiza sobre el futuro de las sociedades. Aquí algunas de sus ideas:
Estamos viviendo en fin de la política de la esperanza. Este es el motivo por el cual se puede hablar de una democracia sin esperanza , lo que no significa sin expectativas. Tan cierto es esto que muchos son inducidos a juzgar el estado de la democracia en una sociedad por la gama de las opciones que ofrece, por la diversidad de las soluciones que propone.
¿No corremos el riesgo acaso de vivir en nuestra misma sociedad como espectadores tolerantes, curiosos, con frecuencia simpáticos, frente a una gran diversidad de culturas y formas de organización social pero sin comunicarnos con ellas? Lo esencial es reconocer que la función política, lo que la vuelve democrática, es hacer posible el diálogo entre culturas.
En este mundo, el individuo busca ser el Sujeto de su propia existencia, hacer de su propia vida una historia singular. En sus vidas concretas, los seres humanos con sus intereses sociales, su patrimonio cultural, su personalidad individual, buscan ser diferentes los unos de los otros...ya no somos iguales porque somos criaturas de Dios...ni menos aún porque estamos todos dotados de razón. Es en el extremo opuesto de todo principio universal que se debe buscar un principio de igualdad, en la voluntad y el esfuerzo de cada uno por ser diferente a todos los demás, por crearse una vida particular.
La eliminación de cualquier contenido concreto de la categoría Hombre, de toda definición universal del ser humano, debe ser completa. La fase final y la más importante de tal eliminación es aquella que reconoce que no existe ningún Hombre, que solo existen hombres y mujeres...Solo así los términos igualdad y diferencia se vuelven complementarios e inescindibles. Somos iguales entre nosotros sólo porque somos diferentes los unos de los otros.
Las clases superiores o las elites dirigentes ya no pueden identificarse con Dios, con la Razón o con la Historia. La organización social ha dejado de ser vertical y la reivindicación principal ya no es la toma del poder, sino el reconocimiento de la identidad o, más exactamente, de la libertad de cada Sujeto de conjugar identidad cultual y acción estratégica... los mismos actores sociales pueden reivindicar, al mismo tiempo, igualdad de oportunidades y respeto de la diversidad psicológica y cultural.
La historia social de los países democráticos, después de un siglo, puede ser propuesta como recomposición del mundo: Lo próximo, lo personal, lo afectivo, lo erótico, lo imaginario, rescatados del mundo inferior de las pasiones y de las tradiciones, reaparecen...para acrecentar sin pausa la diversidad y la complejidad de nuestra experiencia y de nuestros modelos de sociedad y de cultura.
Hoy ya no son las tradiciones y las creencias los principales enemigos de las democracia sino, por un lado, la ideología comunitaria integrista, sea nacionalista, de fundamento étnico o teocrática, que usa la modernidad como instrumento al servicio de su propio poder, y por el otro, la confianza en un mercado abierto en el cual se mezclarían todas las identidades culturales. El pensamiento democrático ya no es más profético y se vuelve a acercar al pensamiento moral, porque defiende la libertad contra todos los poderes, sean económicos, políticos o culturales.
Frente por el Fortalecimiento de la Cultura Laica