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La desconfianza, enemigo a vencer
Una de las características de la sociedad moderna es la profunda desconfianza existente hacia sus instituciones, políticos, procesos electorales, al igual que hacia la palabra de los pastores, de los curas, de los maestros. Si acaso los poetas y algunos intelectuales mantienen cierto grado de credibilidad.
La desconfianza no nace de un día para otro, es una actitud que se va formando poco a poco. Es resultado de hechos, actitudes, conductas.
No es fácil vencer a este enemigo moderno, sobre todo cuando se sabe por ejemplo, que en México, los gobiernos provenientes del Partido Revolucionario Institucional, tergiversaron la historia. Nunca respetaron el voto, cometieron fraudes y masacraron a quienes defendieron el sufragio efectivo.
Es más, estos políticos que durante más de setenta años dominaron el panorama político de México, tuvieron la desfachatez de hablar de fraudes patrióticos, de procesos limpios, de observancia de la legalidad, de defensa de la decisión popular, cuando saben que robaron urnas, alteraron resultados, hicieron votar hasta a los muertos. Su divisa fue que nunca respetaron su propia legalidad.
Los males de nuestro tiempo, son al mismo tiempo las trampas que tendieron los enemigos de la democracia y la justicia para desmoralizar y alejar a la población de las actividades políticas, recurriendo a expedientes como la demagogia, las falsas promesas, la mentira, el divorcio entre las palabras y los hechos tan común en los medios, los partidos, la iglesia, los políticos y los gobiernos.
La corrupción, el uso de las instituciones para beneficio personal, la compra de periodistas, el ocultamiento de la información o su uso indebido para beneficiarse de situaciones como devaluaciones, adquisiciones, asignaciones, ofertas o remates.
El abuso de confianza, la no observancia de la ley, el no conducirse de acuerdo con valores y principios, la aplicación del principio jesuita de que el fin justifica los medios, hundieron a la sociedad mexicano en el más profundo ostracismo político.
Aunado a lo anterior, la intimidación proveniente de la inseguridad y las represiones de los órganos gubernamentales despolitizaron a grandes franjas de la sociedad mexicana. Esta es una de las claves del dominio del priísmo por más de setenta años.
En este sentido, no es fácil remontar esta actitud, es cierto, pero superarla, es el primer requisito para interesar a la ciudadanía a que se atreva a pensar, protestar, vencer las dificultades, hacer valer sus derechos y a tomar su vida en sus manos.
De aquí en adelante, no se debe delegar el poder, simplemente, es necesario ejercerlo para que sirva como instrumento que beneficie a toda la sociedad. Es más, para que algún día se supere totalmente la desconfianza en las instituciones gubernamentales, el poder debe ser ciudadanizado.
Así, después de elegir a unas autoridades, la ciudadanía no puede irse tranquilamente a su casa, sino que tiene que asumir la dirección de los organismos públicos, al mismo tiempo, se tiene que organizar para darle contenido y seguimiento a las acciones de gobierno, fiscalizarlas, evaluarlas y en su caso corregirlas, o bien cambiarles el rumbo o la forma de su instrumentación.
No se trata, por ello, de repetir el error de dar votos de confianza a grupos políticos o individuos, de volver a creer en promesas, de extender cheques en blanco, sino de decidirse a participar como actores de la construcción y ejercicio del gobierno, con información veraz, participación conciente, responsabilidad ciudadana, actitud crítica, ejercicio de la autonomía y la independencia individual.
Pues bien vistas las cosas, no se debe olvidar que somos seres dotados de razón, voluntad y de conciencia, por lo tanto, es inadmisible que nos convirtamos en esclavos de vicios, dioses o tiranos y menos aún de la televisión.
Por si fuera poco, también somos sujetos de derechos exigibles en todo momento.
Es más, la Constitución General de los Estados Unidos Mexicanos, además de tutelar todos los derechos ciudadanos, establece en su artículo 39 la facultad de cambiar el régimen político o la forma de gobierno de acuerdo con el interés mayoritario de la población
Como decía Jean Paúl Sartre. Estamos condenados a ser libres.
Por ello debemos recuperar la confianza y decidirnos a cambiar todo: la escuela, la comunidad, la naturaleza, las instituciones, en síntesis: el mundo, en el entendido de que, en nada ayudan actitudes pasivas o irresponsables, pues nadie va realizar lo que nos corresponde,
Ya lo dijo el poeta Luis G. Urbina. Cada quien debe ser arquitecto de su propio destino. |