Entre la libertad y la superstición
Una de las obras cruciales, que sustentarían a la postre la libertad de pensamiento y la construcción del Estado laico donde la política de las religiones se separan, fue El Tratado Teológico Político de Baruj de Spinoza publicado en Holanda en 1670. (Ed. Alianza, Madrid, 1986). El libro fue puesto de inmediato en el Índice (lista de obras prohibidas por el Vaticano). La de Spinoza fue, sin duda, una revolución intelectual, como bien se le ha calificado. Aquí algunas de sus ideas:
Si los seres humanos pudieran conducir todos sus asuntos según un criterio firme, o si la fortuna les fuera siempre favorable, nunca serían víctimas de la superstición. Pero, como la urgencia de las circunstancias les impide muchas veces emitir opinión alguna y como su ansiedad desmedida de los bienes inciertos de la fortuna les hace fluctuar, de forma lamentable y casi sin cesar, entre la esperanza y el miedo, la mayor parte de ellos se muestran propensos a creer casi cualquier cosa. Mientras dudan, el menor impulso les lleva de un lado para otro, sobre todo cuando están obsesionados por la esperanza y el miedo; por el contrario, cuando confían en sí mismos, son jactanciosos y engreídos…La causa que hace surgir, conserva y fomenta la superstición es, pues, el miedo.
El gran secreto del régimen monárquico y su máximo interés consisten en mantener engañados a los seres humanos y en disfrazar, bajo el especioso nombre de religión, el miedo con el que se les quiere controlar, a fin de que luchen por su esclavitud, como si se tratara de su salvación. Por el contrario, en un Estado libre no cabría imaginar ni emprender algo más desdichado, ya que es totalmente contrario a la libertad de todos adueñarse del juicio de cada cual mediante prejuicios o coaccionarlo de cualquier forma.
Aquellos que desprecian completamente la razón y rechazan el entendimiento, como si estuviera corrompido por la naturaleza, son precisamente quienes cometen la iniquidad de creerse en posesión de la luz divina.
De acuerdo al derecho natural de cada individuo, nadie está obligado a vivir según el criterio de otro, sino que cada quien es garante de su propia libertad.
El ser humano, en la medida en que es parte de la naturaleza humana, constituye también una parte del poder de la naturaleza. De ahí que aquellas cosas que se derivan de la necesidad de la naturaleza humana, es decir, de la naturaleza misma, en cuanto la concebimos determinada por la naturaleza humana, se siguen también, aunque necesariamente, del poder humano.
Quien da a cada cual lo suyo, porque teme al patíbulo, obra coaccionado por el mandato ajeno y por el mal, y no puede llamarse justo; en cambio, quien da a cada uno lo suyo, porque ha conocido la verdadera naturaleza de las leyes y su necesidad, obra con ánimo firme y por decisión propia y no ajena, se llama justo con razón…la justicia es la voluntad constante de conceder a cada uno su derecho.
Frente por la Cultura Laica