LAS HIPÓTESIS PRODUCEN CEGUERA

 

En la ciencia médica también tienen lugar las comedias de equivocaciones.  Si el personal médico, encargado de observar y diagnosticar a las/los pacientes actúa bajo creencias dogmáticas en lugar de utilizar un método comprobatorio, el resultado puede ser vergonzosamente cómico, como el relato expuesto por James Rachel de su Introducción a la Filosofía Moral (Fondo de Cultura Económica, México, 2007):

Hace algunos años, un grupo de investigadores, al mando del doctor David Rosenham, profesor de psicología y derecho de la Universidad de Stanford, fueron admitidos como pacientes en varios hospitales psiquiátricos. El personal de los hospitales no sabía que hubiera nada especial en ellos; creyeron que los investigadores eran pacientes comunes. Los investigadores querían ver cómo los tratarían.

Los investigadores eran perfectamente normales (lo que quiera que eso signifique), pero su simple presencia en los hospitales hizo suponer que padecían trastornos mentales. Aunque se comportaron normalmente, pues no hicieron nada para fingirse enfermos, pronto descubrieron que todo lo que hacían  era interpretado como señal del trastorno mental, lo cual era anotado en sus hojas de admisión. Cuando se descubrió que algunos de ellos tomaban notas, se hacían entradas en sus registros tales como: el paciente se enfrasca en una conducta escritora. Durante una entrevista, un investigador-paciente confesó que aunque de niño había estado muy cercano a su madre, al crecer se encariñó más con su padre: un giro normal. Pero eso fue interpretado como prueba de relaciones inestables en la niñez. Hasta sus protestas de que eran normales fueron tomadas en contra de ellos. Uno de los pacientes verdaderos los previno: Nunca le digan al doctor que están bien. No les creerá. Eso se llama una fuga hacia la salud. Díganle que todavía están enfermos, pero que se están sintiendo mucho mejor. Eso se llama perspicacia.

Ninguno de los miembros del personal del hospital descubrió el engaño. En cambio, a los pacientes reales les pareció transparente. Uno de ellos dijo a un investigador: Tú no estás loco. Estás haciendo una revisión del hospital. Y así era.

¿Por qué los médicos no se dieron cuenta? El experimento reveló algo acerca de la fuerza de una suposición controladora: una vez aceptada una hipótesis, todo se puede interpretar en su apoyo. Una vez que la suposición controladora fue que los falsos pacientes tenían trastornos mentales, no importaba cómo se comportaran; cualquier cosa que hicieran sería interpretada para adaptarla a la suposición. Pero el presunto éxito de esa técnica no probó que la hipótesis fuera verdadera. En todo caso, fue señal de que algo estaba equivocado.

Debería haber sido posible para los médicos examinar a los falsos pacientes, mirar los resultados y decir: Un momento, esta gente no tiene nada malo. (Recordemos que los falsos pacientes se comportaban normalmente, no fingían ningún síntoma psiquiátrico). Pero los médicos no estaban actuando de ese modo: para ellos, nada podía ir en contra de la hipótesis de que los presuntos pacientes estaban enfermos. Los médicos podrían haber identificado alguna forma razonable de distinguir entre personas mentalmente sanas y personas enfermas; entonces podrían haber observado a los falsos pacientes para ver a qué categoría pertenecían. (Contribución de Pablo Ávila).

 

Frente por la Cultura Laica