LA POLÍTICA Y LA LIBERTAD

 

La libertad puede ser considerada como la energía que mueve al mundo. Desde luego, la libertad se ha asociado con la vida interna o con la vida privada, pero es en el ámbito público, en el político, donde observa su expresión suprema a juicio de Hannah Arendt, una de las grandes pensadoras del siglo XX. En el ensayo ¿Qué es la libertad? de su libro Entre el pasado y el futuro (Ediciones Península, Barcelona, 2003) rescatamos algunas de sus ideas fundamentales: 

 

El campo en el que siempre se conoció la libertad, no como problema sino como un hecho de la vida diaria, es el espacio político...porque la acción y la política, entre todas las posibilidades y capacidades de la vida humana, son las únicas cosas en las que no podemos siquiera pensar sin asumir al menos que la libertad existe, y apenas podemos abordar un solo tema político sin tratar, implícita o explícitamente, el problema de la libertad del ser humano. Además, el de la libertad no es uno más entre los muchos problemas y fenómenos del campo político propiamente dicho, como son la justicia, el poder o la igualdad. La libertad es en rigor la causa de que los seres humanos vivan juntos en una organización política. Sin ella, la vida política no tendría sentido. La razón de ser de la política es la libertad, y el campo en el que se aplica es la acción. 

 

Esta libertad es la antítesis de la libertad interior, el espacio interno en que los seres humanos pueden escapar de la coacción externa y sentirse libres. Tal sentimiento íntimo se mantiene sin manifestaciones externas y, en consecuencia, es políticamente irrelevante por definición. Las experiencias de libertad interior son derivativas, porque siempre presuponen un apartamiento del mundo, lugar en el que se niega la libertad, para encontrar refugio en la interioridad a la que nadie más tiene acceso.

 

Es interesante anotar que la aparición del problema de la libertad en la filosofía de Agustín estuvo precedida por el intento conciente de separar la noción de libertad de la de la política, para llegar a una formulación a través de la cual pudiera ser esclavo en el mundo y, no obstante, libre.

 

A pesar de la gran influencia que el concepto de una libertad interior no política ejercicio en la tradición del pensamiento, no parece aventurado decir que el ser humano no sabrá nada de la libertad interior, si antes no tiene, como una realidad mundana tangible, la experiencia de su condición de ente libre. Primero nos hacemos concientes de la libertad o de su opuesto en nuestras relaciones con los otros, no en relación con nosotros mismos. Los seres humanos son libres mientras actúan, ni antes ni después, porque ser libre y actuar es la misma cosa.

 

Este mundo nuestro, porque existía desde antes de nuestras vidas y está destinado a sobrevivirnos, sencillamente no puede permitirse otorgar la preocupación máxima a las vidas individuales y a los intereses a ellas conectados; como tal, el ámbito público implica el contraste más agudo posible de nuestro ámbito privado, donde, en la protección de las familias y del hogar, todo se remite a asegurar el proceso vital y debe servir para eso. Se necesita valor incluso para abandonar la seguridad protectora de nuestras cuatro paredes y entrar en el campo público, no por los peligros particulares que puedan estar esperándonos, sino porque hemos llegado a un campo en el que la preocupación por la vida ha perdido su validez. El valor libera a los seres humanos de su preocupación por la vida y la reemplaza por la de la libertad del mundo. El valor es indispensable porque en política lo que se juega no es la vida sino el mundo.

 

Frente por la Cultura Laica