LAS PERSONAS DEL SIGLO XXI
Las personas del siglo XXI, herederas de tantos aportes culturales, podríamos preguntarnos sí, como se lo propuso la vanguardia del pensamiento occidental del siglo XX, avanzamos en la conquista de nuestras libertades. Un buen examen sobre ello consiste en mirar a la generación de 1968 y, de manera especial, el desafiante libro de El Hombre Unidimensional (Ed. J. Mortiz, México, 1968) del filósofo Herbert Marcuse. Sus cuestionamientos sobre las necesidades falsas orientadas al consumismo o sobre el trabajo injustificado, son llamados a reflexionar en torno a las libertades. Aquí algunas de sus ideas:
Nuestros medios de comunicación de masas tienen pocas dificultades para vender los intereses particulares como si fueran los de todas las personas sensibles. Las necesidades políticas de la sociedad se convierten en necesidades y aspiraciones individuales, su satisfacción promueve los negocios y el bienestar general, y la totalidad parece tener el aspecto mismo de la razón.
Un cambio cualitativo es más urgente que nunca. ¿Quién lo necesita? La sociedad como totalidad, cada uno de sus miembros. La unión de una creciente productividad y una creciente destructividad; la eminente amenaza de aniquilación; la rendición del pensamiento; la esperanza y el temor a las decisiones de los poderes existentes; la preservación de la miseria frente al improcedente bienestar constituyen la más imparcial acusación; incluso si estos elementos no son la razón de ser de esta sociedad sino solo sus consecuencias; su pomposa racionalidad, que propaga la eficacia y el crecimiento, es en sí misma irracional.
En esta sociedad el aparato productivo tiende a hacerse totalitario en el grado en que determina no solo las ocupaciones, aptitudes y actitudes socialmente necesarias, sino también las necesidades y aspiraciones individuales. De este modo borra la oposición entre la existencia privada y pública, entre las necesidades individuales y sociales. La tecnología sirve para instituir formas de control social más efectivas y más placenteras.
El proceso tecnológico de mecanización y normalización podría canalizar la energía individual hacia el reino virgen de la libertad más allá de la necesidad. La misma estructura de la existencia humana se alteraría; el individuo se liberaría de las necesidades y posibilidades extrañas que le impone el mundo del trabajo. El individuo tendría libertad para ejercer la autonomía sobre una vida que sería la suya propia. Si el aparato productivo se pudiera organizar y dirigir hacia la satisfacción de las necesidades vitales, su control se podría muy bien centralizar, tal control no impediría la autonomía individual, pero sí podría hacerla posible.
Necesidades falsas son aquellas superimpuestas al individuo por intereses sociales particulares: aquellas que perpetúan el trabajo, la agresividad, la miseria y la injusticia. La mayor parte de las necesidades preponderantes de descansar, divertirse, comportarse y consumir de acuerdo con los avisos, de amar y odiar lo que otros aman y odian, pertenece a la categoría de falsas necesidades.
En última instancia, la pregunta sobre cuáles son las necesidades verdaderas o falsas sólo puede ser resuelta por los mismos individuos, pero sólo en última instancia; esto es, siempre y cuando tengan la libertad para dar su propia solución. Mientras se les mantenga en la incapacidad de ser autónomos, mientras sean manipulados e indoctrinados (hasta en sus mismos instintos) su respuesta a esta pregunta no puede considerarse propia de ellos.
Frente por la Cultura Laica