LA LIBERTAD ABSOLUTA O EL ESTADO PARADÓJICO
La libertad no se reduce a las nociones que de ella tenemos en Occidente. En Oriente, se trabaja profundamente con aquello que implica la libertad interna. Quizá ambas versiones, combinadas, nos permitan acercarnos más al ejercicio pleno de lo que denominamos libertad. Mircéa Eliade, prestigioso especialista sobre Oriente aborda este tema en su libro Patáñjali y el Yoga (Ed. Paidos, México, 1991). El Yoga clásico, formulado por Patáñjali (quien vivió antes del silgo V de nuestra era). Aquí algunas de sus ideas:
Recapitulemos las etapas de este largo y difícil itinerario propuesto por Patáñjali. Su objetivo es, de entrada, muy preciso: liberar al hombre de su condición humana, conquistar la libertad absoluta, realizar lo incondicionado. El método comporta técnicas múltiples (fisiológicas, mentales, místicas), pero tienen todas ellas un rasgo común: su carácter antiprofano; digamos más bien antihumano. El profano vive en sociedad, se casa, funda una familia; el Yoga prescribe la soledad y la castidad absoluta. El profano está poseído por su propia vida; el Yogin se niega a dejar que la vida lo viva: al movimiento continuo opone su posición estática, la inmovilidad del Asana (postura); a la respiración agitada, arrítmica, multiforme, opone el Pranayama (ritmo de la respiración) y espera a alcanzar la retensión total del hálito; al flujo caótico de la vida psicomental responde con la fijación del pensamiento en un punto único (ekagrata), primer paso hacia la retracción definitiva del mundo fenoménico que obtendrá con el Pratyahara (la emancipación de la actividad sensorial respecto de los objetos externos).
Esta oposición total a la vida no es nueva, ni en la India ni en otras civilizaciones. Desde siempre, lo sagrado ha sido algo totalmente otro que lo profano. Y, juzgado según este criterio, el Yoga de Patáñjali, como todos los demás Yoga tiene un valor religioso. El hombre que rechaza su propia condición y reacciona concientemente contra ella esforzándose por abolirla, es un sediento de lo incondicionado, de la libertad, del poder. En una palabra, de una de las innumerables modalidades de lo sagrado.
Destaquemos que la desvinculación del Yogin de la vida se cumple por etapas. Comienza por suprimir los hábitos vitales menos esenciales: las comodidades, las distracciones, la vana pérdida de tiempo, etcétera. Disciplinar la respiración equivale a unificar todas las variedades respiratorias. La Ekagrata persigue, en el plano psicomental, el mismo objetivo: fijar el flujo de la conciencia, realizar un continuo psíquico sin fisuras, unificar el pensamiento. Aún la más elemental de las técnicas del Yoga, el Asana, se propone un fin similar; pues si jamás puede llegarse a tomar conciencia de la totalidad del propio cuerpo sentido como unidad, ello no es sino haciendo la experiencia de una de las posturas.
No se puede obtener la liberación definitiva sin conocer una etapa previa de cosmización: no se puede pasar directamente del caos a la libertad. La fase intermedia es el cosmos, vale decir, la realización del ritmo en todos los planos de la vida psicosomática.
El objetivo último no se alcanzará hasta que el Yogin logre retirarse hacia su propio centro y desvincularse completamente del cosmos. El Samadhi (es un estado contemplativo en que el pensamiento capta inmediatamente la forma del objeto, sin ayuda de las categorías ni de la imaginación) es por su índole misma un estado paradójico, pues al mismo tiempo vacía y colma hasta la saciedad al ser y al pensamiento. Considerando desde este punto de vista, el Samadhi se sitúa en una línea bien conocida en la historia de las religiones y de las místicas: la de la coincidencia de los contrarios. Verdad es que aquí la coincidencia no es solo simbólica sino concreta, experimental. Por el Samadhi, el Yogin trasciende los contrarios y reúne, en una experiencia única, lo vacío y lo rebosante, la vida y la muerte, el ser y el no ser. (Contribución de Sandra Cruz)
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