Los cuerpos masculino y femenino

 

El significado de los cuerpos masculino y femenino va cambiado asombrosamente a través del tiempo. Es una historia sorprendente, en la cual se ha considerado, por ejemplo, la existencia de un solo sexo, o se han acentuado las diferencias de los sexos hasta el extremo. En todo caso, los cuerpos femenino y masculino son parte de una cultura labrada por seres humanos, según necesidades y conveniencias donde, lamentablemente, sobresale la discriminación contra la mujer. Sobre ello reflexiona Thomas Laquear en La Construcción del Sexo, (Ediciones Cátedra S.A., España, 1994). Aquí algunas notas extraídas de dicho texto:

 

El tópico de buena parte de la psicología contemporánea –que los hombres desean el sexo mientras que las mujeres desean relaciones— es precisamente la inversión de las ideas preilustradas que, hasta en la Antigüedad, habían asociado la amistad con los hombres y la sexualidad con las mujeres. Las mujeres, cuyos deseos no conocían límites en el viejo estado de cosas y cuya razón ofrecía tan escasa resistencia a la pasión, pasaron a ser en muchas descripciones criaturas cuya vida reproductora completa podía transcurrir insensible a los placeres de la carne. Cuando a finales del siglo XVIII se apuntó la posibilidad de que la mayoría de las mujeres no se preocuparan mucho de las sensaciones sexuales, la presencia o ausencia del orgasmo se convirtió en un indicador biológico de la diferencia sexual.

 

El nuevo concepto de orgasmo femenino, sin embargo, no fue sino la formulación más radical de la reinterpretación del siglo XVIII acerca del cuerpo femenino en relación con el masculino. Durante miles de años había sido un lugar común que las mujeres tenían los mismos genitales que los hombres, a excepción de que, como decía Nemesius, obispo de Emesa, en el siglo cuarto: los suyos están en el interior del cuerpo y no en el exterior. Galeno, en el siglo II d.C. señaló que las mujeres eran esencialmente hombres en los cuales la falta de calor vital, de perfección, se había traducido en retención, en el interior, de las estructuras visibles en el hombre.

 

En 1803 Jacques-Luis Moreau, uno de los fundadores de la antropología moral, se opuso apasionadamente a los escritos de Aristóteles, Galeno y sus seguidores en el tema de las mujeres en relación a los hombres. Consideró los sexos distintos en todos los aspectos imaginables del cuerpo y del alma. Para el médico y naturalista, la relación de la mujer con el hombre era una serie de oposiciones y contrastes.

 

A finales del siglo XIX  Patrick Geddes, eminente profesor de biología, recurrió a la fisiología celular para afirmar que las mujeres eran más pasivas, conservadoras, perezosas y estables que los hombres, mientras que éstos eran más activos, enérgicos, entusiastas, apasionados y variables. Pensaba que, con raras excepciones, los machos estaban constituidos por células catabólicas, células que consumen energía. Las células femeninas, por su parte, eran anabólicas, las cuales almacenaban y conservaban energía.

 

En un momento dado el discurso dominante interpreta los cuerpos masculino y femenino de forma jerárquica, verticalmente, como versiones ordenadas de un sexo y, en otro momento, lo interpreta como opuestos ordenados horizontalmente, sin posibilidad de medida. El sexo, tanto en el mundo de un sexo como el de dos sexos, depende de su situación; sólo puede explicarse dentro del contexto de las batallas en torno al género y al poder.

 

Siempre es la sexualidad de la mujer la que está en constitución; la mujer es la categoría vacía. Sólo la mujer parece tener género, puesto que la propia categoría se define como aquel aspecto de las relaciones sociales basado en la diferencia entre sexos, en el cual la norma siempre ha sido el hombre. Es evidente que la ciencia ha actuado históricamente para racionalizar y legitimar las distinciones no sólo de sexo sino también de raza y clase, en detrimento de los débiles. 

 

Frente por la Cultura Laica