MUERTE, RELIGIÓN Y SOCIEDAD

 

La muerte siempre ha desatado las más profundas reflexiones. Ante la expectativa de la muerte, el ser humano ha adoptado muy variadas actitudes. En esas líneas de reflexión se sustenta una afirmación contundente: sin miedo a la muerte la religión no existiría. No existiría su necesidad. Eso sostiene Ugo Pipitone en su ensayo La religión, del consuelo privado a la jaula pública, publicado en el compendio Ateologías, (Fractal, Conaculta, 2006), producto del encuentro Ateologías: reenvíos de la laicidad, realizado en junio de 2001 en la Casa del Refugio Citlaltépetl, en México DF, promovido por 17, Instituto de Estudios Críticos (www.17.edu.mx). Aquí algunas de sus ideas:

Enfrentarse al drama (repetido miles de millones de veces desde que existe la especie humana) de querer permanecer sin poder cumplir el anhelo, nos crea una necesidad de un sentido fuera del mundo. Nos crea la necesidad de la religión: las que conocemos y las que están siempre en proceso formativo. Si el ser humano se distingue de otros animales por su conciencia, ¿cómo aceptar que la conciencia no sirva para evitar el destino común de todos los animales?

La vida adquiere un significado a partir del que se asigna a la muerte. El consuelo da un sentido a la existencia: en el más allá habrá la justicia que aquí fue negada. Una ardiente, irresistible necesidad de creer que después de la muerte los justos serán premiados y los inicuos, castigados. La justicia que no podemos crear aquí allá nos será dispensada a manos llenas.

¿Cómo aceptar que tantas cosas recogidas en el camino desaparezcan conmigo? ¿Cómo no tener un sentimiento de injusticia que reclama corrección? Y la única corrección frente a la injusticia de la muerte es, obviamente, la religión.

La religión no constituye un problema en sí (¿por qué debería ser objeto de agravio el humano deseo de consuelo?), el problema nace en el momento en que la verdad consoladora se sustituye, o pretende sustituirse a las verdades en movimiento, inevitablemente transitorias, que la humanidad construye y destruye en su marcha. Cuando esto ocurre, el consuelo privado amenaza con transformarse en jaula pública…Las verdades humanas, frágiles y tornadizas, son sustituidas por una verdad que desde la historia declara su fin.

Aceptar que la fe perneé el espacio público significa nadar contra la corriente de lo mejor que la modernidad encarna: la idea de una humanidad que busca y encuentra sin fin (aunque se enfrente siempre al problema de dar sentido a sus propias obras), que se hace a sí misma construyendo y destruyendo sus propias verdades en marcha. Toda religión convierte al creador humano en una criatura divina vinculada a alguna verdad que no sólo es indemostrable, sino que se asume a sí misma como final, definitiva. Desde la historia se declara su fin. Y el corolario social es, casi siempre, un retroceso: el deseo de retorno de la sociedad, como universo de conflictos más o menos regulados, a la comunidad, como comunión de los seres humanos de fe y huida de la duda, los conflictos, las verdades transitorias hacia al puerto pacífico de la verdad sin sombras. 

La modernidad, en el fondo, no es más que un camino que intenta expulsar las creencias religiosas de los ámbitos de la vida colectiva. Un camino tan necesario como nunca plenamente cumplido. No se puede expulsar de la vida la religiosidad que la consuela frente a la derrota inevitable…Moraleja: la batalla civil contra la religiosidad siempre tentada a ocupar todos los espacios, es contienda interminable.

Creer demasiado en una inmutable justicia ultraterrena, sobre todo cuando viene del Dios único, significa estrechar los espacios de libertad para todos. Los seres humanos pueden y deben entenderse sin mezclar la relación que cada uno de ellos entretenga con la divinidad.

 

Frente por la Cultura Laica