POR UNA SOCIEDAD SIN GÉNERO
El género es una división de los sexos socialmente impuesta. Es un producto de las relaciones sociales de sexualidad, resaltó hace más de 30 años Gayle Rubin en su ensayo, El tráfico de mujeres (Nueva Antropología, Estudios sobre la Mujer: problemas teóricos 30, CONACyT-UAM-I-1986). Más de un cuarto siglo después de este texto podemos observar qué tanto han impregnado sus análisis a las sociedades modernas. Ello, siempre a partir de algunas de sus ideas (Parte 2):
La división del trabajo por sexos puede ser vista como un tabú: un tabú contra la igualdad de hombres y mujeres, un tabú que divide a los sexos en dos categorías mutuamente exclusivas, un tabú que exacerba las diferencias biológicas y así crea el género. La división del trabajo puede ser vista también como un tabú contra los arreglos sexuales distintos de los que contengan por lo menos un hombre y una mujer, imponiendo así el matrimonio heterosexual.
Lejos de ser una expresión de diferencias naturales, la identidad de género exclusiva es la supresión de semejanzas naturales. Requiere represión: en los hombres, de cualquiera que sea su versión local de rasgos femeninos; en las mujeres, de la versión local de los rasgos masculinos. La división de los sexos tiene el efecto de reprimir algunas de las características de personalidad de prácticamente todos, hombres y mujeres. El mismo sistema social que oprime a las mujeres en sus relaciones de intercambio oprime a todos en su insistencia en una rígida división de la personalidad.
Desde el punto de vista del sistema, la sexualidad femenina preferible sería una que responde al deseo de otros, antes que una que desea activamente y busca una respuesta.
Es plausible argumentar que la creación de la femineidad en las mujeres en el curso de la socialización es un acto de brutalidad psíquica, y que les deja un inmenso resentimiento por la supresión a que fueron sometidas…Los ensayos de Freud sobre la femineidad pueden leerse como descripciones de cómo se prepara psicológicamente a un grupo, en tierna edad, para vivir con su opresión.
La precisión con que coinciden Freud y Lévy-Strauss es notable: Los sistemas de parentesco requieren una división de los sexos. La fase edípica divide los sexos. Los sistemas de parentesco incluyen conjuntos de reglas que gobiernan la sexualidad. La crisis edípica es la asimilación de esas reglas y tabúes. La heterosexualidad obligatoria es resultado del parentesco. La fase edípica constituye el deseo sexual. El parentesco se basa en una diferencia radical entre los derechos de los hombres y los de las mujeres. El complejo de Edipo confiere al varón los derechos masculinos, y obliga a las mujeres a acomodarse a sus menores derechos.
La evolución cultural nos da la oportunidad de tomar el control de los medios de sexualidad, reproducción y socialización, y de tomar decisiones concientes para liberar la vida sexual humana de las relaciones arcaicas que la deforman…la revolución feminista liberaría formas de expresión sexual, y liberaría la personalidad humana del chaleco de fuerza del género.
Personalmente pienso que el movimiento feminista tiene que soñar con algo más que la eliminación de la opresión de las mujeres: tiene que soñar con la eliminación de las sexualidades y los papeles sexuales obligatorios. El sueño que me parece más atractivo es el de una sociedad andrógina y sin género (aunque no sin sexo), en que la anatomía sexual no tenga ninguna importancia para lo que uno es, lo que hace y con quien hace el amor.
Frente por la Cultura Laica